RAZZIA (Marruecos)

  13-01-2019

sesiones 17:30 h . y 20:10 h.
Teatro el Albéitar ULE
Cine


Entradas (5 €): a partir de quince minutos antes de cada proyección en la taquilla del teatro
50% de descuento: Comunidad Universitaria, previa presentación del carné universitario y DNI

Ficha técnica
Dirección: Nabil Ayouch
Guión: Nabil Ayouch, Maryam Touzani
Música: Guillaume Poncelat
Fotografía: Virginie Surdej
Año : 2017
Duración: 109 min.
País: Marruecos
Productora: Unité de production / Les films du nouveau monde / France 3 Cinéma /
Artemis Productions / Ali n’ Productions
Género: Drama
Formato: 2.35 : 1
Distribución en España: Pirámide Films
Calificación por edades: no recomendada para menores de 16 años
Ficha artística
Maryam Touzani, Arieh Worthalter, Amine Ennaji, Abdelilah Rachid,
Dounia Binebine, Abdellah Didane

Sinopsis
Casablanca, vibrante y áspera, atractiva pero implacable. Entre el pasado y el presente cuatro seres en busca de la libertad, treinta años después de que un apasionado maestro en las montañas del Atlas fuera obligado a renunciar a su idioma y a la enseñanza de determinadas asignaturas.
Rostros distintos, trayectorias distintas, luchas distintas, pero la misma búsqueda de la libertad: Hakim, joven homosexual que sueña con ser una estrella de rock. Salima, al borde de la resignación, no es sino objeto de sumisión para su marido. Joe, dueño de un restaurante judío, elige vivir en la Casablanca con la que fantasea desdibujando su realidad. Inés, joven y rica, se mueve entre la tradición y la modernidad mientras se ocupa de su despertar sexual. Y el rugido de la revolución que sube poco a poco, alimentado de los deseos de libertad de miles de personas que no pueden expresar lo que realmente son…

Dice la crítica
«Desde Mektoub (1997) su primer largometraje, Nabil Ayouch, nacido en París de padre marroquí y madre tunecina, instalado en Marruecos desde hace veinte años, no ha dejado de enfrentar su obra con la situación sociopolítica marroquí: deriva autoritaria, desigualdades sociales, terrorismo, pobreza, prostitución, temas que molestan y que producen situaciones tensas y amenazadoras cuando sus películas se estrenan en Marruecos (si se estrenan).
Razzia no es la excepción a la regla y cubre dos épocas significativas de la deriva a la vez nacionalista y religiosa que el Estado imprime a su política (los años 1980 con la arabización a marchas forzadas y la supresión de las humanidades en la enseñanza y la década de 2000 con la generalización en la esfera social de ese espíritu represivo). Razzia es, en resumen, la historia de ese retroceso considerable de las libertades y las conciencias.
Construida entre dos fechas, el relato teje resonancias narrativas que van de una época a otra, pero en lo esencial es una película coral que traza el retrato de cinco personajes aislados que representan, de diversas maneras, el aislamiento dentro de la sociedad marroquí.
Un profesor que enseña en lengua bereber en una aldea de las montañas, a quien obligan a renunciar a su idioma y a la enseñanza de determinadas asignaturas. Una mujer embarazada que no es sino objeto de sumisión para su marido. Una adolescente rica, abandonada por sus padres y aislada de las realidades de su país. Un hostelero judío y su anciano padre, testigo de una época más propicia a la cohabitación. Un joven homosexual, fan de Freddie Mercury, que sufre el desprecio de su padre.
La simple enumeración de esta trama fragmentada, donde cada personaje se encuentra en una situación conflictiva, da una idea del desafío cinematográfico. De hecho, está siempre en peligro de deshilacharse.
Sucesión de ejemplos, coexistencia dramatúrgica de personajes que no tienen vínculos entre sí: Razzia asume deliberadamente el riesgo de hacer cine, con su necesaria dosis de indecisión y libertad, bajo las horcas caudinas de la omnisciencia del guion.
Pero la película logra mostrar el desdoblamiento entre el espacio privado y el espacio público en la sociedad marroquí, y cómo el primero se estrecha a medida que el segundo expande su jurisdicción cada vez más brutal. La mujer que muestra su sensualidad es insultada por las miradas y comentarios de los demás, el judío se enfrenta al antisemitismo de una prostituta, el hombre amanerado es acosado por los chicos de su barrio... tantas otras situaciones que describen la atmósfera irrespirable de la presión social suscitada por la alianza de todas las fuerzas conservadoras y que describen también el valor que hace falta para resistir».
Jacques Mandelbaum - Le Monde

Hacia la libertad
idas cruzadas. Hace tres años, el popular realizador marroquí Nabil Ayoub presentaba en Cannes su sexto largometraje, Much loved (2015), un relato áspero y emotivo sobre la vida cotidiana de tres prostitutas en Marrakech. Sin haber tenido antes problemas con la censura de su país, súbitamente su nueva película fue prohibida. Lo que al parecer molestaba a las autoridades locales era el tono novedoso que oponía a la vieja mirada vertical y moralista una apuesta muy clara en favor de la solidaridad entre mujeres en un medio muy misógino. Una de sus protagonistas sufrió amenazas de grupos fundamentalistas y tuvo que exiliarse en Francia. Desde entonces creció la expectativa sobre lo que podría ser el asunto y suerte de la nueva cinta de un director de pronto tan polémico.
El título original de Hacia la libertad (2018) es Razzia, término que en su origen alude, entre otras cosas, a la expansión del territorio musulmán y a una limpieza étnica o religiosa. El filme presenta cinco historias entrelazadas, algunas más significativas que otras, aunque en todas el denominador común es la intolerancia. La primera tiene como protagonista a Abdallah (Amine Ennaji), un maestro rural, y se sitúa a finales de los años 80, justo en el momento en que da inicio un proceso cultural y religioso expansionista que busca imponer el Islam salafista y la hegemonía de la lengua árabe en Marruecos.
El maestro resiste penosamente y al final sucumbe y huye. La cinta opera luego un salto de tres décadas para mostrar en 2015 un país abiertamente en crisis, con violentas manifestaciones en la calle y un proceso de islamización en marcha. Los personajes mostrarán algún tipo de disidencia. Hay heterodoxia sexual en el caso del joven gay Hakim Abdelilah Rachid, músico novato adorador del Freddy Mercury del grupo Queen, a quien emula todo el tiempo, y en el de Inés (Dounia Binebine), adolescente de clase acomodada que vive de modo conflictivo su orientación lésbica y su pertenencia a la élite dominante. Hay también una insatisfacción de género en el destino de la bella Salima (Maryam Touzani, esposa del cineasta), quien rechaza las prohibiciones islamistas relacionadas con su forma de vestir y su conducta, así como la mezquindad moral de un novio burgués que aparentando tolerancia resulta ser petulantemente machista. Igualmente está Joe (Arieh Worthalter), el paria cultural completo en esta sociedad intolerante: es bebedor incontinente y seductor irresistible; además de todo es judío, lo que lejos de arreglar las cosas lo complica todo. Es admirador de Bogart y su película de culto es Casablanca (Michael Curtiz, 1942). Sabe muy bien que esa cinta nunca se filmó en Marruecos, pero con una mezcla de malicia y candor alimenta esa ilusión entre los amigos que lo rodean. Mientras algunos personajes secundarios sueñan con emigrar a Europa, los protagonistas se refugian en el sueño escapista americano. Todos padecen la zozobra de sobrevivir en un país con marcada vocación fundamentalista, en el que ya no se reconocen.
El mosaico cultural que propone Nabil Ayoub es caótico y abigarrado. En sus mejores momentos, cuando lo lúdico se conjuga con la melancolía, sugiere tener una deuda formal con el cine del turco alemán Fatih Akin (A la orilla del cielo, 2007), pero su dispersión narrativa y el diseño esquemático de algunos personajes, en particular el de Salima, la mujer liberada y sensual que parecía ser el epicentro de la cinta, ofrecen un filme algo inacabado y fallido. Empresas de ambición parecida las solventaba con brillantez el Robert Altman de Vidas cruzadas (Short cuts, 1993) y de Nashville (1975), frescos sociales con polifonías estupendamente calibradas. Lo interesante en la nueva película de Ayoub es su manera de reflejar, sin rodeos, la diversidad cultural, religiosa y sexual que todavía prevalece en un país siempre al filo entre la modernidad y el oscurantismo religioso. Sería injusto negar de entrada la capacidad que todo espectador inteligente y sensible tiene de poder completar el cuadro social a partir de las formidables piezas que el realizador ha dejado un tanto dispersas. A final de cuentas, el reto, la aventura y la satisfacción de cualquier cinéfilo consiste en poder librarse a esta tarea. Las buenas películas siempre estarán del lado suyo.
Carlos Bonfil

Nota de director
Las grandes revoluciones comienzan con pequeñas revoluciones individuales. Lo que ocurrió en el mundo árabe durante la primavera de 2011 no fue sino el culmen de una serie de frustraciones, humillaciones, ignorancias, retrocesos en los derechos civiles fundamentales. Estos grandes movimientos populares que hicieron tambalearse a los gobiernos estaban formados por seres humanos que habían hecho su revolución interior, íntima, antes de expresar su cólera en las calles. Tenía ganas de acercarme a ellos, de comprender qué es lo que lleva a algunos a resistir y a otros a abdicar.
En Marruecos, donde yo vivo, he visto evolucionar a la sociedad, desde una forma de vida comunitaria hasta la exclusión sectaria de todas aquellas personas que sobresalen, que desbordan el marco. El proceso de arabización iniciado a principios de la década de 1980 es devastador, porque quiso erigir una regla de pensamiento único, expulsando toda forma de crítica. Los diferentes ataques que mis actrices y yo sufrimos después de haber hecho mi película Much Loved me demostraron hasta qué punto, cuando se abordan temas sensibles, la masa puede fácilmente atravesar la frontera y pasar de la escucha a la condena, al anatema y después a la violencia.
Acusé todo esto como un despertar brutal, un desencadenante. Sentí la urgencia de decir y, más que nunca, la de mostrar. Siempre he sentido la necesidad de hablar de lo que nos hace daño y de lo que quisiéramos distanciarnos. Me gusta dar cuerpo a esos personajes a quienes se intenta silenciar e invisibilizar, empujándolos a los márgenes.
Con Razia he querido ir aún más lejos y explorar el alma de la mayoría silenciosa, ese ejército de las sombras que no se expresa con fuerza suficiente y que sin embargo tiene derecho a reivindicar su derecho a la existencia. Al hablar de ellos, hablo de nosotros, de nuestras derrotas, de nuestros sueños rotos u olvidados. Hablo de lo que hace que una sociedad siga en pie y apegada a los valores universales o que abandone a los más débiles y se hunda en el totalitarismo.
Abdallah, Salima, Joe, Hakim e Inès son seres a quienes se ha querido encadenar, domar. Sin embargo, son la materialización de una esperanza, puesto que, cada uno a su manera, encarnan una diferencia y una lucha interior que nos mantiene con vida. Son personas normales, con las que nos cruzamos todos los días en la calle y que, a mis ojos, se vuelven héroes. Como en esos cantos guerreros de Aïta que en la película nos trae Yto, sus gritos son estridentes. Si prestamos atención, escucharemos su soledad, su desgarro, sus contradicciones. Se comunican entre sí sin hablarse, sin ni siquiera conocerse. Se tejen vínculos invisibles, se cruzan trayectorias, algunos bajan la cabeza cuando una de ellas decide alzarla y parir a su hija. Casablanca es su casa. Casablanca es también mi casa. Esta ciudad es bulliciosa, sucia, opresiva y, sin embargo, cada día me suscita deseo. Tengo la sensación de que es el teatro de toda posibilidad donde, en cualquier momento, podemos ser arrastrados en una dirección u otra. El corazón de la ciudad, sus barrios populares, su Medina, son vibrantes y emocionantes. Desde hace algunos años, Casablanca se esfuerza en abrirse al mar. Hoy la ciudad le tiende los brazos, como si su salud dependiera de ello. Sin embargo, como una paradoja terrible, una mujer ya no puede estar en sus playas en traje de baño. Ese espacio nos ha sido arrebatado por aquellos que han decidido que los cuerpos deben taparse.
Retomar lo que es nuestro, recuperar ese espacio público es en sí una reconquista de un territorio mental y físico. Pues ese mar se abre hacia un otro lugar que realmente nos falta, una capacidad de proyectarnos. Casablanca también es una película, un mito que Maryam Touzani (coguionista) y yo hemos querido deconstruir, reapropiarnos de él a la vez que le rendíamos un homenaje.
Casablanca es, finalmente y sobre todo, ese fragmento de realidad en el que nuestros personajes construyen su propia historia. Esas historias son posibilidades que se quiere aplastar, luchas personales en el seno de una lucha esencial. Esta lucha los engloba y los desborda al mismo tiempo. Acompasa de manera imperceptible el destino de una nación y, a través de su dimensión universalista, el destino de todas las naciones. Unos mundos que no se conocen y que no se aceptan, y una crónica del odio latente, cotidiano, que se construye día a día, mediante gestos en apariencia anodinos pero enormemente significativos, para transformarse en una Razzia colectiva.
Nabil Ayouch

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